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viernes, 29 de abril de 2016

El primero de mayo (1893)



Periódico el LibertArio

Errico Malatesta (1853-1932)

* Publicado originalmente en The Commonwealt (Londres) 1, nueva serie, no. 1 (1 de mayo de 1893).

Por tercera vez el proletariado consciente de todos los países afirma por medio de una manifestación internacional, la solidaridad real entre los trabajadores, el odio a la explotación, y la voluntad, día tras día más determinada, de darle fin al sistema existente.

Los gobiernos y las clases tiemblan, y tienen buena razón. No porque en este día romperá la revolución — pues ese es un evento que puede ocurrir cualquier día del año — sino porque cuando los oprimidos comienzan a sentir el peso y la deshonra de la opresión, cuando se sienten como hermanos, cuando olvidan todos los odios históricos fomentados por las clases gobernantes, cuando se toman de las manos cruzando las fronteras y sienten la solidaridad en la lucha por una emancipación común, entonces el día de la liberación se acerca.

¿Qué importa si los hombres y los partidos ofrecen diversas razones hoy por hoy para sus fines inmediatos y en acuerdo al beneficio que esperan derivar de ellos? El hecho principal sigue siendo que los trabajadores anuncian que están todos unidos, y son unánimes en la lucha contra los dominadores. Este hecho sigue siendo, y seguirá siendo, uno de los eventos más importantes del siglo, y uno de los signos que proclaman la Gran Revolución — una revolución que dará a luz a una nueva civilización fundada sobre el bienestar de todos, y la solidaridad del trabajo: Es un hecho, cuya importancia sólo es equiparada en el presente por aquel otro anuncio proletario de la asociación internacional entre los trabajadores.

Y el movimiento es de suma relevancia por ser obra directa de las masas, y bien separada e incluso en oposición a la acción de los partidos.

Cuando los socialistas de estado en el Congreso de París de 1889, definieron el 1º de Mayo como un día de huelga internacional, fue meramente una de esas definiciones platónicas que se hacen en los congresos simplemente por declarar un principio, y que son olvidadas tan pronto como el congreso termina. Tal vez pensaron que esa decisión podría ayudar a darle importancia a su partido, y a serle útil a ciertos hombres como cabecera electoral; pues desgraciadamente estas personas parecen tener corazones que solo laten con entusiasmo por propósitos electorales. En cualquier caso, sigue siendo cierto que desde el momento en que percibieron que la idea se había abierto paso, y que las manifestaciones se volvieron imponentes y que amenazaban con llevarles por senderos revolucionarios, se esforzaron por controlar el movimiento y por despojar el significado que el instinto popular le había dado. Para probar esto, no se requiere más que recordar los esfuerzos que se han hecho por cambiar la manifestación desde el primer día de mayo al primer domingo de mayo. Puesto que no es la regla trabajar los domingo, hablar de suspensión del trabajo en ese día es simplemente una farsa y un fraude. Ya no es una huelga, ya no es un medio para afirmar la solidaridad de los trabajadores y su poder de resistir las órdenes de los empleadores. Queda como un simple fête o feriado — un poco de marcha, unos cuantos discursos, unas pocas e indiferentes resoluciones, con el aplauso de grandes o pequeñas congregaciones — ¡eso es todo! Y para matar con aún más eficacia al movimiento que sin pensarlo comenzaron, han llegado a tal punto de querer pedir al gobierno ¡que declare el 1º de Mayo feriado oficial!

La consecuencia de todas estas tácticas adormecedoras es que las masas, que en un comienzo se lanzaban al movimiento con entusiasmo, comienzan a perder su confianza en él, y están empezando a considerar el 1º de Mayo como un mero desfile anual, con la única diferencia con otros desfiles tradicionales de ser más apagado y más aburrido.

Es asunto de los revolucionarios salvar este movimiento, que podría en algún momento u otro dar ocasión a consecuencias más importantes, y que en cualquier caso es siempre un poderoso medio de propaganda al cual renunciar sería un desatino.

Entre los anarquistas y los revolucionarios hay algunos que no tienen ningún interés en el movimiento, algunos incluso lo objetan porque el primer impulso, en Europa al menos, fue dado por los socialistas parlamentaristas, que utilizaron las manifestaciones como una forma de obtener poderes públicos, las ocho horas legales, legislación internacional con respecto al trabajo, y otras reformas que sabemos que son meras carnadas, que sirven solo para engañar a la gente, y para desviarles de introducir demandas sustanciales, o bien para apaciguarles cuando amenacen al gobierno y a las clases propietarias.

Estos objetores están equivocados en nuestra opinión. Los movimientos populares comienzan como pueden; casi siempre brotan de alguna idea ya trascendida por el pensamiento contemporáneo. Es absurdo esperar que en la condición presente del proletariado la gran masa esté capacitada antes de concebir y aceptar un programa formulado por un pequeño número a quienes las circunstancias han dado medios excepcionales de desarrollo, un programa que solo puede llegar a ser conscientemente aceptado por el gran número por la acción de condiciones morales y materiales que el movimiento mismo debe suministrar. Si esperamos, para saltar a la palestra, a que el pueblo monte los colores anarquistas comunistas, correremos gran riesgo de ser eternos soñadores; veremos la corriente de la historia fluir a nuestros pies mientras contribuimos escasamente algo en la determinación de su curso, dejando mientras el campo libre a nuestros adversarios quienes son enemigos, consciente o inconscientemente, de los reales intereses del pueblo.

Nuestra bandera debemos montarla nosotros mismos, y hemos de llevarla en alto donde sea que haya personas que sufren, particularmente donde sea que haya personas que demuestran estar cansadas de sufrir, y luchan de cualquier modo, bueno o malo, contra la opresión y la explotación.

Los trabajadores que sufren, pero que poco o nada comprenden de teorías, los trabajadores que tienen hambre y frío, que ven a sus hijos languidecer y morir de inanición, que ven a sus esposas y hermanas darse a la prostitución, trabajadores que saben que ellos mismos marchan al asilo o al hospital — estos no tienen tiempo que esperar, y están naturalmente dispuestos a preferir cualquier mejora inmediata, no importa cuál — incluso una transitoria o una ilusoria, ya que la ilusión mientras perdure pasa por realidad. Sí, mejor eso que esperar por una transformación radical de la sociedad, que destruya por siempre las causas de la miseria y de las injusticias del hombre contra el hombre.
Esto es fácil de comprender y de justificar, y explica por qué los partidos constitucionales que explotan esta tendencia hablando siempre de las pretendidas reformas como “practicables” y “posibles” y de las mejorías parciales pero inmediatas, generalmente triunfan mejor que nosotros en su propaganda entre las masas.

Pero donde los trabajadores cometen un error (y es labor nuestra corregirles) es en suponer que las reformas y mejorías son más fáciles de obtener que la abolición del sistema salarial y la completa emancipación del trabajador.

En una sociedad basada en un antagonismo de intereses, donde una clase retiene toda la riqueza social y se organiza en el poder político para defender sus privilegios, la pobreza y el sometimiento de las masas desheredadas siempre tenderán a alcanzar su máximo compatible con la existencia básica del hombre y con los intereses de la clase dominante. Y esta tendencia no encuentra obstáculo alguno excepto en la resistencia de los oprimidos: la opresión y la explotación nunca se detiene hasta que se alcanza el punto en que los trabajadores se muestran decididos a no soportarlas más.

Si se obtienen pequeñas concesiones en vez de grandes, no es porque sean más fáciles de obtener, sino porque las personas se contentan con ellas.

Siempre ha sido por medio de la fuerza o del miedo que se ha obtenido algo de los opresores; siempre ha sido la fuerza o el miedo lo que ha impedido a los opresores quitar lo que han concedido.

Las ocho horas y otras reformas — sea cual sea su mérito — solo pueden obtenerse cuando los hombres se muestran resueltos a tomarlas por la fuerza, y no traerán mejora alguna a la suerte de los trabajadores a menos que éstos estén determinados a no sufrir más lo que sufren hoy.

Lo sabio entonces, e incluso lo oportuno, requiere que no malgastemos tiempo y energía en reformas sedantes, sino que luchemos por la completa emancipación de todos — una emancipación que solo puede volverse realidad mediante la puesta en común de la riqueza, y mediante la abolición de los gobiernos.

Esto es lo que los anarquistas han de explicar a las personas, pero para hacerlo deben no mantenerse distantes desdeñosamente, sino unirse a las masas y luchar junto a ellas, empujándolas mediante el razonamiento y el ejemplo.

Además, en países en que los desheredados han intentado una huelga el 1º de Mayo han olvidado las “8 horas” y lo demás, y el 1º de Mayo ha tenido todo el significado de una fecha revolucionaria, en la que los trabajadores del mundo entero cuentan sus fuerzas y se prometen ser unánimes en los días venideros de la batalla decisiva.

Por otra parte, los gobiernos se esmeran en remover toda ilusión que cualquiera pueda albergar, en cuanto a la intervención de los poderes públicos en favor de los trabajadores; pues en vez de concesiones, todo lo que se ha obtenido hasta ahora ¡han sido arrestos al por mayor, cargas de caballerías, y descargas de armas de fuego! — ¡asesinato y mutilación!

Entonces ¡QUE VIVA el 1º de Mayo!

No es, como hemos dicho, el día de la revolución, pero sigue de todos modos siendo una buena oportunidad para la propagación de nuestras ideas, y para volcar las mentes de los hombres hacia la revolución social.


Tomado de https://periodicoelsolacrata.wordpress.com/2016/04/25/el-primero-de-mayo-1893/#more-3337.]


miércoles, 18 de febrero de 2015

Reflexiones humanas y políticas sobre los despidos
















Corriente Clasista Unitaria Revolucionaria y Autónoma / C-CURA

Quizás una de las batallas más difíciles que a diario deben desarrollar los trabajadores y sus organizaciones sindicales, es la lucha contra los despidos y la restitución a sus puestos de trabajo a los afectados. La dificultad reside en que es una lucha defensiva y de largo aliento que la mayoría de las veces debe hacerse extramuros de la empresa, recae en manos de abogados, cuesta motivar a los compañeros de trabajo para que se involucran en la lucha por la restitución, mientras que el despedido se ve forzado a deambular por las oficinas de las instancias laborales, intentado demostrar la ilegalidad, ilegitimidad e inhumanidad del despido.

El despido es una acción atroz de los patrones. Es una daga certera que los empresarios, gerentes, jefes, supervisores y capataces intentan clavar en el pecho de la clase trabajadora para desmoralizarla, aterrorizarla, desorganizarla e inmovilizarla. Tiene un brutal impacto sicológico y social. Genera auto-marginación social, porque el trabajador se siente avergonzado y no quiere que sus familiares y vecinos se enteren. Al despedido le sobra tiempo, se le enreda el cerebro de pensar tantas cosas, pero a la hora de la verdad le faltan reales con qué llegar a la casa para atender las necesidades básicas y apremiantes de su familia. Nunca sabremos si será casualidad, pero casi siempre ocurre que al tiempo que se produce la destitución de un trabajador, sobre su familia comienzan a recaer los problemas. Se enferman los niños, los padres y los suegros. Se accidenta el carro. Se agrietan las paredes y se dañan los techos de sus casas. El malhumor se apodera de la familia y de allí a la violencia intrafamiliar hay un pequeño trecho. En muchos casos, los despidos terminan socavando las relaciones conyugales y se sabe que en muchas oportunidades conllevan a separaciones y divorcios. Y no dejemos de mencionar que cuando la situación económica se hace apremiante, el despedido se ve obligado a renunciar a la lucha, lo cual se convierte en una derrota personal y un rudo golpe para el conjunto de la clase trabajadora.

Otro tanto sucede al interior de las empresas con los trabajadores que aún conservan el puesto. La mayoría se aterroriza y averigua en voz baja todos los días si hay una nueva lista de candidatos a ser botados y si él está involucrado. Muchos trabajadores se hacen más sumisos que de costumbre en un vano intento por agradar a sus jefes para que los exoneren de ser arrojados a la calle. Otros tantos hacen hasta lo imposible por pasar inadvertidos y darían lo que fuera si pudiesen convertirse en invisibles para que sus jefes no los detecten y despidan. Obviamente, son muy pocos los que se animan a rebelarse y protestar de frente contra los despidos.

La batalla contra los despidos, de por sí difícil, se hace mucho más escabrosa cuando en la decisión y confección de los listados de candidatos a ser botados participan los falsos dirigentes sindicales, quienes en su afán por mantener prebendas y privilegios personales, no dudan en traicionar a sus compañeros de trabajo cambiándolos por unas cuantas monedas. Y si a lo anterior le agregamos la disposición, a cambio de dinero, de los funcionarios de las inspectorías del trabajo en avalar los despidos, podríamos decir que ese es el peor escenario que se puede presentar para desarrollar una tenaz lucha que logre los reenganches de los trabajadores a sus puestos de trabajo. Este ambiente es el que desgraciadamente se ha venido imponiendo en la mayoría de las empresas en la entidad carabobeña.

La lucha contra los despidos apasiona

Pero así como hemos mencionado todo lo nefasto, desmoralizante y aterrador que representa el despido; también debemos decir que cuando los despedidos y los activos se unen y se levantan para enfrentar esta macabra acción concertada entre empresarios, sindicalistas traidores y funcionarios del gobierno responsables del ministerio del trabajo, entonces hasta la Tierra tiembla, los patronos se asustan y se ponen nerviosos cada vez que los despedidos llegan hasta los portones de las empresas a reclamar su reenganche. La burocracia sindical profiere bravuconadas fruto de su cobardía política pero terminan siendo incapaces de enfrentar cara a cara a quienes luchan por su derecho al trabajo. Y los funcionarios gubernamentales encargados de las inspectorías pagan escondedero y no pasan por las oficinas como a menudo lo hacían en otras épocas con tal de evadir la cara acusadora y con sed de justicia de los trabajadores despedidos.

El grito de protesta y los graffitis se tornan más agudos y acusadores, porque son expresados con el alma y toda la pasión de los despedidos que saben que en cada acción de lucha por su reintegro al trabajo están defendiendo a su familia que se encuentra asediada. Basta con mirar la consigna pintarrajeada en el muro de la Inspectoría del trabajo “Pipo” Arteaga en Valencia, que reza “Dorkis Hernández, vendida a los patronos”, la cual parece escrita con sangre dando la impresión que por más que algún día traten de pintarle un color encima para encubrirla, jamás podrán borrar esa huella indeleble que la mano de un padre de familia acosado por el despido escribió contra esta funcionaria y todos los de su calaña.

Esa pasión se pudo percibir el pasado miércoles 11 de febrero en la primera acción mancomunada de los despedidos en el área metropolitana carabobeña. A los participantes no les importaba si eran muchos o pocos. Si había Guardia o Policía desplegada. Si llovía o hacía sol. Si se obstruía el tráfico o no. Si se llegaba hasta los portones de la ensambladora Chrysler o no a pesar de las amenazas del Secretario General del sindicato existente en esa empresa, quien había dicho en la asamblea del lunes 9 de febrero que movilizaría a los trabajadores para impedir que los despedidos protestaran, ofreció coñazos y le recomendó a los trabajadores activos que si veían a los despedidos no los saludaran para no generarle falsas expectativas de que iban a ser reintegrados a sus puestos de trabajo.

A los despedidos no les interesaba nada de lo anterior, sólo les importaba gritarle a la población que habían sido botados injustamente y que de continuar la crisis muy pronto podrían ser otros trabajadores los que sufrirían las inclemencias del despido. Que ellos no son los responsables de la crisis que vive el país. Que los patronos con una mano reciben dólares y con los beneficios que le reporta colocar esas divisas en el mercado paralelo obtienen fabulosas ganancias y hasta les da para “pagar” el costo del despido y los sobornos a sindicalistas traidores y funcionarios corruptos.

Esto querían hacerlo saber a buena parte de la opinión pública con su marcha de protesta y lo lograron. Los medios de comunicación, tuvieron que reflejarlo. Las cadenas radiales incluso las de carácter nacional hicieron cubrimiento de la protesta y empezaron a darle importancia a un tema que se está instalando en la realidad política nacional: los despidos de cientos, miles de trabajadores que están pagando con su empleo y las penurias de sus familias el costo de una crisis que ellos no generaron.

Por ello nadie dudó sobre en qué sitio con exactitud debería finalizar la movilización. Todos señalaron con la claridad de sus índices de protesta que debería ser al frente de la puerta principal de la empresa Chrysler, que simboliza la agresión de los patronos, la burocracia sindical y los funcionarios corruptos del Ministerio del Trabajo en contra de la clase trabajadora. Todos los que allí hablaron denunciaron y acusaron a la tripartita que actuó en esa ensambladora en contra de 76 trabajadores y sus familias.

Muchos pensarán que al centrarse la protesta alrededor de lo que pasa en Chrysler la lucha se puede desvirtuar al personalizarse. Pero no es así. La acción de protesta de este miércoles 11 de febrero dejó un mensaje claro no sólo a esos empresarios, a los burócratas sindicales de esa empresa o exclusivamente a los funcionarios del ministerio del trabajo que firmaron la sentencia que botó a 76 padres de familia de sus puestos de trabajo.

La movilización fue un mensaje claro y contundente al conjunto del empresariado, al conjunto de la burocracia sindical que se disfraza de revolucionaria, a la totalidad de los corruptos que operan en las inspectorías. Que sepan que nunca tendrán paz, porque comienza a levantarse un movimiento unitario y de lucha contra los despidos que los denunciará, los enfrentará y se movilizará a diario hasta lograr su restitución a los puestos de trabajo.


La mejor muestra de lo que decimos fue la pasión desbordada al final de la concentración cuando un obrero se acercó a la reja de la empresa, introdujo sus dedos y la boca por la cercha de alambre y con la fuerza de su garganta, la explosión de sus pulmones, la pasión de su corazón, el empuje de sus riñones y toda la arrechera contenida en su cerebro, se empinó para gritar: “Cristian Pereira, eres un vendido que jamás tendrás paz y nunca más podrás volver a dormir tranquilo, porque los despedidos de Chrysler y nuestras familias te provocaremos insomnio por el resto de tus días”.

[Tomado de http://periodicoellibertario.blogspot.com/2015/02/reflexiones-humanas-y-politicas-sobre.html.]