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Revolución Continental

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miércoles, 8 de julio de 2009

Clichés femeninos sobre igualdad y modernidad en la publicidad








Una de las realidades de la vida actual y, sobre todo del periodismo actual, es que los medios, como nunca antes se había visto, amplifican, redimensionan y reconstruyen las visiones de nuestro mundo cotidiano.

Lo que no sale en la televisión no existe, lo que no se publica no pasa a la historia, lo que no se divulga a través de los medios en general pasa desapercibido y está condenado no sólo al anonimato, sino a la no existencia.
Hoy vivimos en un sobredimensionamiento de la información. En esta realidad las mujeres gozamos y padecemos estas máximas, porque se nos mira, se nos incorpora y se nos permite ser actoras, no en relación a la oportunidad de este siglo XXI, sino en relación al lugar que ocupamos todavía dentro del pensamiento, de la ideología y del imaginario colectivo:

¿Como protagonistas y sujetos de la vida cotidiana y moderna? Sí, innegable, pero hoy, todavía y sobre todo, como objetos.


De esta situación se nutre y vive la publicidad: juega con la modernidad alcanzada por las mujeres pero recicla los papeles más convencionales de la mujer vista desde el cuerpo y el ámbito privado.

Hoy más que nunca los medios publicitarios reciclan espacios y lugares comunes para la mujer, que se creían superados, en aras del mercado. Queda desentrañar estos mensajes y evidenciar los pasos dados atrás por la conciencia colectiva en relación al papel y lugar de las mujeres en la sociedad.

Desde esta realidad nos es común y naturalizado ver cómo los productos de alimentos, limpieza y belleza están dirigidos a las mujeres de hoy que trabajan pero que necesitan optimizar el tiempo y recursos para seguir atendiendo “las labores propias de su sexo y el hogar”: la cocina, la alimentación de la familia, el aseo, la salud y, por supuesto, su apariencia de mujer de su tiempo: atractiva o al menos presentable a los ojos de los demás.

Las preguntas y reflexión obligada a esta situación son:
• ¿Qué tan real es la emancipación y participación de las mujeres en la sociedad?
• ¿De verdad vivimos hoy información amplia, plural e incluyente?
• ¿No vivimos una ficción o espejismo del discurso triunfalista de la posmodernidad?

Desde hace dos décadas, aproximadamente, las mujeres se han posicionado en todos los ámbitos. El discurso oficial y el colectivo imaginario afirman que ya estamos al nivel de los hombres, es más, que con creces los superamos. Ya no hay obstáculos, ya no hay discriminación, casi tocamos el cielo: las mujeres estamos por todos lados.

Somos el 51% de la población y 52% del padrón electoral; contribuimos en un 33% en la actividad económica; 4 millones de hogares son dirigidos por una jefa de familia, y si el trabajo doméstico se contabilizara, sostenemos 40% del PIB.

No obstante esta realidad positiva, en el análisis es contundente que esta visibilización de las mujeres se debe a la lucha por la sobrevivencia y a las innegables, pero insuficientes, oportunidades en educación, pero lo que se olvida u obvia es que la ansiada igualdad de condiciones entre hombres y mujeres sigue siendo una quimera, porque la mitad de la población en su mayoría sigue estando en la cola de las prioridades nacionales: háblese de educación, de salud, de trabajo o seguridad en general. En suma, lejos de la equidad.

Las mujeres somos hoy botín político y nicho de mercado

Del ámbito privado al ámbito público las mujeres son usadas. No importa que seamos poco más de la mitad de la población y del padrón electoral, hoy no alcanzamos una representación equilibrada: de 2000 a 2005, disminuyó en 10.5 por ciento la participación femenina en puestos medios y altos dentro del gobierno federal.

En el mismo periodo, la presencia de las mujeres en la Cámara de Diputados fue de 22.6 por ciento y 18.8 en el Senado. Lo que se contrapone a la recomendación de la ONU respecto de la participación femenina en los congresos, que debe ser por lo menos en un 30 por ciento.

Cifras irrefutables que reflejan la contundencia de la inequidad y que en estas recientes elecciones las cifras no se modificarán de manera importante o significativa y de hacerlo estaremos frente al fenómeno reciente del uso de los partidos de las candidaturas femeninas como estrategia para ganar votos, es decir, de nuevo seremos objeto de los intereses del poder.

Respecto de los medios, éstos siguen favoreciendo la discriminación y la explotación de las mujeres como parte de una cultura machista, lo cual se comprueba a través de los contenidos de telenovelas que naturalizan la violencia contra las mujeres, promueven estereotipos sobre el deber ser y hacer de las mujeres y usan las necesidades de la vida moderna para vender y refrendar la doble y triple jornada femenina.

Por eso no basta que unas cuantas mujeres lleguen y se apoderen de frases y consignas, como por ejemplo, del empoderamiento femenino, o mejor dicho, del reconocimiento explícito, claro y contundente de que las mujeres pretenden ejercer el poder público y ya no ser una gran mujer detrás de un gran hombre, porque la participación y presentación de las mujeres en los medios es preferentemente como mercancía de consumo sexual y hoy como nicho de mercado en tanto ya tienen poder adquisitivo, pero desde los espacios de ama de casa o mujer “adorno”.

Esta paradójica realidad se confirmó en el Reporte de Competitividad 2007-2008 del Foro Económico Mundial que estableció que México mantiene en la desigualdad a la mitad de su población y comparte las últimas posiciones con naciones donde por educación, tradición o cultura, la mujer ocupa una posición marginal, como la India, los Emiratos Árabes, Paquistán, Turquía, Marruecos, Egipto y Arabia Saudita. Situación que le resta competitividad y le ha hecho retroceder diez lugares la igualdad de género, por debajo de economías como Colombia, Argentina, Venezuela, China, Brasil y Chile. De sujetos a objetos en todos los rubros, así las cosas…

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Fuente: Género con Clase